AGOSTO 29
Aparece como un continuador del Profeta Elías y como
el más grande de los profetas.
Ser profeta, es ser testigo, es decirle a la gente lo que Dios ama y
manda; y esto, muchas veces, molesta…
Vivía en espíritu de pobreza y austeridad, y con
profunda fe; y el haberle dicho a Herodes: “no te es lícito tener a la mujer
de su hermano” (Mc 6, 18), le valieron la cárcel y la degollación (Mc 6,
17-29), no por odio de Herodes, sino por instigación de Herodías, la mujer
del hermano de Herodes, Felipe, pero que ahora vivía con el rey.
Este martirio nos deja esta enseñanza: amar la fidelidad
a la verdad (ir siempre con la verdad; es decir: con Cristo). Porque sólo
la Verdad nos hace libres, con la libertad de los hijos de Dios.
De esta manera, Juan, cuando estaba preso, era más
libre que Herodes (quien no se animó a contradecir a su concubina).
Además, el rey, luego, vivió perseguido por los
temores; pero Juan se había ido a gozar de Dios, en la Gloria eterna.
Amemos la fidelidad a la verdad; el Señor nos
dice: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis
discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8,
31-32).
Por tanto, su sangre nos dejó la mejor sabiduría:
vale la pena realizar el supremo testimonio de la fe en Jesucristo (porque por
Él, vale la pena vivir y morir).
Por eso, hoy, aplaudiendo su entrega valiente, oramos
con este Himno de la Liturgia de las horas:
“Profeta de soledades,
labio hiciste de tus iras
para fustigar mentiras
y para gritar verdades.
Sacudiste el azote ante
el poder soberbio;
y ante el Sol que nacía
se apagó tu lucero.
Por fin, en un banquete
y en el placer de un ebrio,
el vino de tu sangre
santificó el desierto.
Profeta de soledades,
labio hiciste de tus iras
para fustigar mentiras
y para gritar verdades. Amén”.
Presbítero José Luis Carvajal





